
Y... Me encantaba tocarle sus pequeñas pecas extendidas por toda su espalda. El tacto de mis dedos con su piel aterciopelada. Era una sensación de bienestar, de saber que todo iba a ir bien. Solo el y yo.
No había un solo día en que no pensara en ella. En su pelo, es un manera de caminar, en sus labios, no hay manera de describir lo que por ella sentía. Sabia que pasaba por delante del trabajo cada martes y jueves, y sabia que jamás me miraría, que jamás sabría quien era. Pero por mucho que lo supiera, seguía sintiendo esa punzada en el estomago de cuando uno se enamora a primera vista. Mantendría mi secreto, asta que el viento o el tiempo, se lo llevaran lejos, donde no pudiera recordarla ni sentir nada por ella.


